martes, 15 de febrero de 2011

Y dónde quedaba La Casa Verde?


              Felix Floreano y la Casa Verde 
    
Sabía llegaría la hora de escribir algo sobre este grande bohemio piurano, mangache más preciso, al que el mismísimo Vargas Llosa hiciera una entrevista para matizar su programa televisivo, La Torre de Papel, que sobre nuestra Piura editara en 1981.


Lo conocimos a Félix allá por el año 1977. Me llevó hasta su casa el muy querido amigo Pepe de Armero, el mismo que moriría al poco tiempo en trágico accidente de moto, lo que nos unió aún más en una sólida e irremediable amistad, a pesar de la marcada diferencia de edades que me forzaban al respeto.
El negocio de don Floreano era la venta de anisado. A este bastión del criollismo igualmente concurrían viejos bohemios casi todos alcoholizados así como jóvenes en vías de, en busca de licor barato que además venía acompañado de hermosas antiguas canciones criollas que don Félix batía con su viola y su rastrera voz que parecía escapar de aquella invisible línea que separa  la vida y la muerte casi. La casucha tenía con las justas dos puntos de agua, no existía el desagüe y jamás se le colgó algún medidor de luz, pues con los mecheros era suficiente para darnos ese especial ambiente de bohemia si apenas sobrevivencial. Para miccionar había que ir al corral donde pacían chivos y cabras cuya crianza era tradición familiar.

La banda de “Huevo e Pava” en alusión a nuestro jefe, llegaba por lo general entrada la noche ya casi para tomarnos la del estribo. Sin embargo entrelazando las hermosas tertulias bajo las penumbras de los ateridos mecheros, siempre alcanzábamos a prender un mixto de “maricucha y pay”, que los mayores acostumbrados al cigarrillo negro fumaban también con agilidad inusitada y sin mayores preguntas. Dicen que prendas lo del otro día, me pasaba la voz Floro, como también llamábamos al viejo mangache de la calle Junín. Así sin querer nos convertiríamos en corruptores de estos viejos saurios en peligro de extinción.

De manera tal que el mayor palmarés del viejo Félix Floreano era haber sido guitarrista y cantor principal en la palizada de la Casa Verde, como se conociera a aquella picantería chicherío y cantina, tantas veces sodomizada, plantada en los extramuros de una incipiente Castilla al otro lado del río. El dueño, nos contaba don Félix, era un chiclayano de apellido Velásquez. Si bien es cierto no era un burdel propiamente dicho, con cuadra de cuartos, sí era frecuentado por mujeres de la vida muchas de ellas provenientes de la tierra del huerequeque, muy posible familias del tal Velásquez.

Cuando Mario Vargas Llosa realiza su reportaje el año 81 antes de las feroces lluvias, la novedad fue ver a don Félix en la TV pastoreando detrás de sus cabras, muchas de ellas dama de compañía de algún mozalbete cabrero, que también visitaban lo de Floreano.
Estás arriba don Félix! Era la expresión más común en la chinganita. Cuánto le dio el escribidor? Nada hombre, solamente la puerta de calle que ven y doscientos soles, replicaba el viejo mangache. Luego en la conversa nos alcanzaría a decir que Don Mario no conocía nada de la Casa Verde, que seguramente alcanzó a ver de lejos y por oídas.
Según data don Felix Floreano, la Casa Verde estuvo justo en los terrenos que hoy ocupa el mercado de abastos de Castilla, y esto coincide con los relatos de Vargas Llosa cuando dice que este lupanar se alcanzaba a ver desde el puente y que a hurtadillas se deslizaban por la orilla del río y aguaitaban como sacaban a las mozas y tenían relaciones a la luz de la luna. Y es que no era un burdel. la Casa Verde, y sí quedaba en el mencionado lugar, certificación expresa de don Joaquín Córdova, viejo y muy querido farmaceútico piurano, que conoció esta chingana en vivo y directo. Luego al ser abandonado el terreno revertiría al recién formado Concejo Distrital.

En efecto, los burdeles en Piura en aquella época quedaban en los extramuros de la ciudad, a la palestra en la Av, Loreto. Allí estaba lo de la Norma, lo de la América y mi linda tía la China Cari que está en el cielo y que de puro manatural la nombro pues, aunque en otra época, también fueron sus predios los de la Loreto. Estos datos me los pasaron mis tíos Ernesto “el pavudo” Trelles Carrasco y Federico Montenegro Aquino y Zavala, junto con “el serrano” Neyra los más bravos mozalbetes de la época, y de quienes en los indefinidos terrenos del  mal y del bien aprendiéramos tanto.

Con la reverencia a nuestro premio Nobel y principalmente con la caricia del recuerdo de mis amigos del alma don Félix Floreano y Pepe de Armero, dejo aquí constancia de tamaña inexactitud.

domingo, 13 de febrero de 2011

El zapato del Brujo


Nos confesaba Desiderio Espinoza algo que ni sus propios allegados o muchos de los que se consideran amigos de antaño han conocido. Mantuvo muy cercano contacto con muchísimos personajes importantes de Piura cuando les sirviera como mozo en el aristocrático Centro Piurano. Esto debe haber sido por fines de los 40 y principios de los 50.

Desiderio me defiere algunos datos que contrastados con los que habíamos recogido de otras fuentes coincidirían plenamente. Mi abuelo don Baltazar Manrique Carrasco, escribano de estado, generalmente acompañado de sus grandes amigos los abogados Manuelín Cevallos y Otoniel Carnero, tal vez tomando viada como envalentonándose antes de marchar hacia los "bajos fondos", se echaban unas copas en el Centro Piurano, cosa que no saldría de lo común si es que no me hubiere también referido Espinoza que al día siguiente de la tranca, a eso de las 12 del mediodía y a manera de corte, usualmente don Balto mandaba a preparar y recoger un Bloodymary (vodka con jugo de tomates, tabasco y otras especies) servido como debe ser, esto es en vaso de trago largo, del más largo que pudiérase encontrar.
De lo anterior damos por consentido que don Desiderio Espinoza antes de ser brujo o curandero sirvió como mozo en nuestro primer club social, el Centro Piurano. Allí  departiría sus conocimientos y consejos con Piura de arriba.

Vivió Desiderio en la calle de Cuzco del Barrio Norte, pasando San Teodoro. Así se puede entender por qué en todas las fiestas de celebraciones que posteriormente realizara en su conocida casa de curaciones en la Av. Progreso de Castilla, siempre estarían presentes sus familiares, amigos y amigas de esta mal afamada mangachería rabiosa. Esta podría llamarse la otra parte de Piura, la de abajo.
La fiesta principal para Desiderio era la dedicada a su virgencita del Carmen en el mes de Junio, entre el 14, 15 y 16 que se convertían en días de paganas celebraciones. En ellos se rezaba en las horas del rezo, por lo general muy de mañana o en la noche, por lo que los que asistíamos en horas del calor pagano de la celebración nunca pudimos ver ni oír ninguna de estas demostraciones.
Todo lo contrario siempre estaban presentes guitarristas y cantantes y la bebida que corría a cántaros era precisamente esa, la chicha de jora de Catacaos. Al final vendría la cerveza intercalada con el exquisito rompope de cañazo, cóctel superior a cualquier otro habido y por haber, con el perdón de todos los pisqueros.

Era un privilegio para cualquier cholo ya sea de Catacaos o proveniente del Bajo Piura, de Castilla o de Piura mismo ser comadre o compadre del Brujo. Gracias a ello, o persé como dicen los escritores de fama, en las fiestas era mucho el boato pero no tanto el gasto. Desiderio no era ningún pelotas y de la chicha que se bebía y los animales que mataba ni la mitad salía de su bolsillo.
En lo musical personalmente le serví alguna vez de apoyo para cantar su vals favorito Rebeca, a la vez que con su mano entretejía en la maraña pectoral. “Ay Rebeca yo muero por ti”… cantaba Desiderio pestañando sus ojos adormitados. Eso si, nunca tuve nada que ver con sus otros vicios e intimidades, lo podría jurar, cosa que Lucho, el chofer de una combi de mi propiedad, no podrìa hacer pues en aquella época era el favorito del curandero. 

Merced a estos amores es que frecuentábamos y tomábamos copas con el Brujo, donde alguna de sus comadres, preferentemente donde La Tila, allá en Catacaos.
El gasto corría por su cuenta pero como de costumbre gastaba por mitad, pues los picaos los ponía la dueña de casa. La verdad al final nos alejamos de esta amistad porque era muy chichero el Brujo y de tanta chicha ya el pelo estaba que se nos ponía chuto.

Siguiendo con la celebración, a eso de las 5 de la tarde, en medio del jolgorio empezo a quedar todo en gran silencio. Aquel que levantaba la voz la propia gente le mandaba callar. Lo mismo se paralizó el trago. “Puta qué pasó”, dijimos, “se acabó todo… tan temprano”. El negro Ramos, Caliche García, el ñato Bregante, Amaro León, cachagatas García, Paco Sánchez, que habían caído en grupo, todos preocupados se acercan a la sala mayor donde al frente de una gran mesa el Brujo, ya entrado en tragos, se dirigía a sus comadres y compadres para predecir todos los agüeros que ellos deseaban escuchar.
Esto era fácil para Lelo, como le llamaban los más allegados, pues él se sabía la vida de cada uno de los presentes en la mesa. A ti María este año te va a ir bien en tus sembríos de algodón, a la Juana que su hija se iba a mejorar de salud, al compadre Manuel "poncho viejo"  que la mujer iba a regresar.

Todos querían conocer su suerte. “A mi Lelo”, “a mi Lelo”, se disputaban el turno. Así hasta que Lelo, que ya se le veía agotado e impaciente, en un arrebato increíble dando un golpe a la mesa arroja la dura frase “...pero eso sí les digo que el próximo año se acaba el mundo”. Todo el auditorio apiñado en el salón al unísono clamaba “No Lelo… No Lelo” a lo que el Brujo frunciendo el seño y con voz terminante  respondió “Ya lo dije… Ya lo dije” y salió de la sala batiendo las manos ordenando se reanude la música y siga el jolgorio. Todos los que habíamos llegado desde la Plaza de Armas, incrédulos de lo que habíamos escuchado de voz de Lelo, nos aguantábamos la risa hasta más no poder.

Desiderio era pues un hombre muy querido en todos los círculos, hasta por las blanquiñosas pues cuando estuvo en su apogeo, según propia referencia y mis ojos también vieron, llegaban señoras de alta alcurnia para conocer de su futuro o recoger algún consejo para enfermedades y también conjuros amorosos para retener maridos. Uno de esos días llegaría por allí la que después sería mi querida suegra. Se apareció con sus sobrinas de la leonada, seguramente en busca de algún sortilegio contra su marido que le sacaba la vuelta, y contra este pechito que pretendía a la hija. Todo fue que me alcanzaron a ver al fondo, acompañado de mis amigos Lucho y el Zorro Sánchez esperando que acabe Lelo para ir a lo de la Tila, para darse media vuelta saliendo apuradas como si hubiesen visto al mismísimo diablo. Creo que nunca más habrían regresado.

Decíamos que Desiderio inició sus mesadas y curaciones en la calle Cuzco del barrio norte, al costado de la casa de don Félix Ramos Suárez, y como él mismo alguna vez se definiera, era un hombre muy recto, pero eso sí no era fanático. Es decir, era jueves y de manito quebrada.

Así de esta manera cuentan los muchachos de la plaza de Salaverry, allá frente al Teatro Municipal, capitaneados por Paquito Seminario y por mi compadre Huevo e Pava, todo certificado, oleado y sacramentado por el doctor Lucho Cevallos allá donde la Porongo frente al Municipal; relatan que por las noches, a la hora del reposo del Brujo, le llegaba a visitar el cholo Píldoras. No se sabe que cosas raras harían adentro, pero a propia confesión del cholo de marras detalla que una de esas noches, en la oscuridad del cuarto, interrumpiendo momentos de recogimiento e intimidad, tocan a la puerta en forma insistente y por demás sonora. El Brujo asustado le pide a su cariñoso acompañante “andate rapidito cholo que esa es mi hermana, salte por el corral”. Lelo era eso sí muy respetuoso de la familia y la tradición.

El cholo Píldoras efectivamente se viste en un dos por tres y se pone los zapatos para salirse envalao. Por ruta natural llega hasta la plazuela del cine Municipal, asesando un poco se sienta entre los muchachos, y ya un poco relajado estira las patas. “Gua, cholo, te has venido con los zapatos cambiados", exclama Paquito al ver que el Píldoras traía puestos un zapato marrón y el otro de charol negro y blanco. “Oye, ese es el zapato de Desiderio” recalca Picho Urbina. “Mierda las cagué” esputa el cholo al mismo tiempo que obligado por las circunstancias inicia todo el anterior relato a propia confesión y sin relevo de prueba.

Desde ese día el cholo Píldoras fue reconocido en la mangachería como el marido oficial del Brujo, y uno de los pocos que tenía derecho a llevar invitados por su cuenta a las fiestas de Desiderio Espinoza, que valgan verdades si bien era del otro bando, realmente era más caballero y más derecho que cualquierita, por lo que para los que tuvimos el privilegio de conocerlo siempre tendrá el bien ganado título de ser “El Brujo de Piura”.

sábado, 12 de febrero de 2011

El moño de la Tía Clorinda

Corría el año de 1963 y en Piura después de mucho tiempo se restituía las celebraciones de su Semana Jubilar. Don Oscar Román Baluarte era a la sazón el primer alcalde elegido por el pueblo representando al partido del presidente Belaúnde, quien como primera medida de su gobierno había dispuesto elecciones directas para los municipios, alcaldías que en dictadura siempre fueron designadas a dedo.

En ese primer concejo edil como presidente de la Comisión de Cultura se desempeñaba don Carlos Manrique León, concejal por el partido aprista, quien como tal fuere también presidente de la comisión de celebraciones. Estas festividades a decir de los más veteranos fueron inolvidables tanto por su gran organización como por el concurso de la ciudadanía en forma participativa.
También serían trágicamente inolvidables pues Susana I Reina de Piura una vez terminado el desfile de carros alegóricos como cierre de las festividades, sufrió un accidente en la carretera a Sullana donde el auto en que se movilizaba se empotró contra un volquete de recojo de basura que irresponsablemente sin luces de peligro se dirigía al relleno sanitario de la ciudad.
Resultado fatal, Susana León Trelles perece en el accidente enlutando no sólo a su familia sino a todo Piura que herida en duelo la acompañó a su última morada.

Sucede que entre los múltiples espectáculos y diversiones que se puso a disposición del público llegaron los juegos mecánicos, trayendo como principal atractivo la novedosa Montaña Rusa. Don Carlos como presidente de la antes referida comisión recibió buena cantidad de pases para estos juegos mecánicos. Un día que llegó a su casa un tanto copeado, pues el reconocido poeta y escritor también fue gran bohemio, encontró a sus primas de visita y junto con sus hermanas las invita a salir a la verbena popular y hacer uso de los mencionados pases. Bueno pues, las primas Seminario León y doña Clorinda Correa León se decidieron a subir y probar la montaña rusa pese a la oposición del primo Carlos y su esposa Carmencita quienes les advertían de los peligros. “No hay que tener miedo, carajo”, exclamo doña Clorinda entre retando y dándose valor a la vez.   

Así los coches empezaron a rotar, al principio lento lo que le acomodaba bien a la tía quien con aires de suficiencia miraba hacia el público. “Ya ves Jesús que no era pa tanto” le comentó a su prima que iba al lado. Cuando de repente el tirón de la primera subida y la súbita y violenta caída del coche. “Qué así era la cojudez?” alcanzó a preguntarse la pobre mujer tratando de ponerse de pie, lo que su prima Jesucita evitó de un fuerte jalón que la mantuvo en su asiento. Para esto Clorinda ya presentaba rasgos de desesperación. Sus ojos que de por si eran saltones estaban desorbitados y su voz desgarrada empezó a escucharse en todo el recinto. “paren esta cojudez” “indio desgraciado para que me mato”. “So jijo de una gran puta paraaaaa” se alcanzó a oír en el siguiente pase de los carros, a la vez que un chorro de vómito caía sobre los ocasionales espectadores. “Primo que paren esta cojudezzzz” ya con el moño desbaratado alarmó a don Carlos que fue a exigir que detengan la montaña rusa, pero todo fue infructuoso y nada se pudo hacer por ayudar a la pobre tía Clorinda.

Finalmente se detienen los coches y recién pueden bajar las sesentonas zarandeadas primas. La tía Clorinda tratando de arreglarse el moño y al mismo tiempo insultando a los operadores “estos indios desgraciados hijos de puta casi me han matado” alcanzando a meterle un carterazo en la cabeza a uno de ellos. El primo Carlos tratando de calmarlas iba detrás de ellas un poco entre asustado y otro aguantando las ganas por arrastrarse de la risa, como así lo hizo hasta el día de su muerte cada vez que se acordaba de esta entrepijada aventura de la primera Semana de Piura de la nueva era.

A su sobrina y reina Susana I le dedicaría el bello y conmovedor poema “Flor Sacudida”. 

San Miguel Arcángel, el Cholón

Lejos de constituir una celebración de riguroso sentido religioso las fiestas patronales de los pueblos del interior, van encerrando día a día un intenso sentimiento pagano, donde bajo la justificación de lo religioso se incrementan grandes movimientos comerciales y también reencuentros sociales que terminan en las más espantosas borracheras casi siempre con bailongo incluido de cierre de fiestas, donde por supuesto nacen muchos nuevos fiestitas.
El patroncito del pueblo es siempre una imagen de yeso muy bien cuidada y ataviada. Cuentan que cierta vez en un pueblo del Bajo Piura el mayordomo, que es el encargado de buscar fondos durante todo el año para las festividades, en los movimientos de la imagen del Arcángel Miguel sufre un percance que daña el yeso, no siendo posible su reparación inmediata.
El pobre hombre se rompía la cabeza buscando solución a su problema y no ataba ni desataba. Hasta que mirando a su hijo, un fornido y jovenzuelo cholón, se le cruza la peregrina idea y lo ve como el arcángel, diciéndole “José tú me vas a sacar del apuro”, “yo papá, cómo?” “te vas a vestir y representar a la imagen”, “No papá yo no puedo, no” finalmente logra convencerlo con alguna dádiva y se disponen a vestir al santo. Sin embargo no había la vestimenta que le quedara por lo que optaron por adquirir papel crepé y procedieron a enfardarlo. Finalmente la imagen si bien no queda perfecta al menos como se dice pasaba piola.
Sale el cortejo de lo más normal, pero avanzando a su encuentro a dos calles viene la comparsa de las Tres Marías, que eran tres cholitas maltoncitas ataviadas de minifalda y bien presentaditas que zarandeaban sus cuerpecitos cantando “somos las Tres Marías más puras que un clavel” “somos las Tres Marías más puras que un clavel”, se le colocan delante de las andas que llevaban al cholón algarrobado vestido con papel crepé. A la tercera vez que le repiten la danza cantada, el cholo ya no aguanta más y después del  “somos las Tres Marías más puras que un clavel” mirando a su padre alcanza a rimar: “quítenmelas de en medio que se me rompe el papel”. El mayordomo preocupado procedió a retirar a las Tres Marías, a la vez que los encargados revestían las partes dañadas de la muy humana imagen.  

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Tradición recogida en una tertulia familiar con la señora Carmen Argüelles de Manrique, directora de la Revista Epoca, decana del periodismo regional.